¿Cómo nos enfermamos?

Si tenemos en cuenta que el 70% de nuestro cuerpo es agua, y que ese extenso océano es el hábitat natural de las células que forman nuestro cuerpo, entenderemos la importancia de mantener en perfectas condiciones esos fluidos corporales.

El cuerpo dispone de los sistemas adecuados para mantenerlos en perfecto estado, a través de sus órganos de eliminación, pero si excedemos diariamente esa capacidad propia de eliminación de sustancias de desecho, estas comenzarán a almacenarse en esos fluidos, hasta el punto de convertirlos en un entorno degradado y propicio a la proliferación de virus y bacterias, dificultando al mismo tiempo la adecuada oxigenación y nutrición de las células.

Este proceso degenerativo no se produce de la noche a la mañana, ni son las consecuencias de un exceso puntual, requieren de muchos años de acumulación. Cuando la cantidad de toxinas es elevada, la sangre se espesa y circula más despacio, los tejidos se irritan, se inflaman, los desechos se depositan en las paredes de los vasos sanguíneos… es ese momento en el que el cuerpo se agota y aparece la enfermedad. En cada persona, se manifestará de una forma diferente, y el espectro puede ser muy amplio, desde un resfriado a un cáncer, la única diferencia entre ellas será el grado de intoxicación de nuestro cuerpo y la predisposición genética de cada individuo.

Existen varios procesos a través de los cuales nuestro organismo se intoxica. El primero a tener en cuenta se produce en el normal funcionamiento diario del organismo, en el que se forman pequeñas cantidades de sustancias de desecho, durante los procesos de obtención de energía de las células a partir de los nutrientes, como pueden ser el gas carbónico, la urea, el ácido úrico, el ácido láctico…, así como en el proceso de renovación celular del cuerpo, que debemos tener en cuenta que se regenera por completo cada 7 años.

En segundo lugar, están las sustancias tóxicas producidas en el interior del intestino grueso, producidas por los procesos de fermentación y putrefacción de los alimentos que no han sido adecuadamente digeridos, ya sea por un consumo de alimentos inadecuados, una mala combinación de alimentos, escasa masticación, un exceso de comida… Estas sustancias tóxicas son reabsorbidas por el intestino pasando al riego sanguíneo.

Y por último, debemos tener en cuenta la intoxicación proveniente del exterior del cuerpo, a través de la ingestión de sustancias ajenas al organismo: pesticidas, herbicidas, insecticidas, abonos químicos, aditivos alimentarios…, de la absorción a través de la piel de tóxicos en la utilización de cremas, protectores solares, químicos presentes en la ropa, productos de higiene corporal, productos de limpieza… por la inhalación de sustancias dañinas del ambiente, por la exposición continuada a radiaciones electromagnéticas ionizantes de móviles, wifis, uso de microondas, radiografías…

Si quieres seguir aprendiendo, te recomendamos que leas…

Ir al artículo anteriorVolver al índiceIr al siguiente artículo